El Día Mundial del Hambre, celebrado el 16 de octubre, vuelve a poner en la agenda pública la crítica situación alimentaria en Argentina. Según los últimos datos del INDEC, el panorama es alarmante: casi 18 millones de argentinos viven en la pobreza y alrededor de 4 millones no logran cubrir sus necesidades alimentarias básicas. Esta realidad afecta especialmente a los más vulnerables, con un millón de niños que cada noche se van a dormir sin haber cenado y 1,5 millones que saltan al menos una comida al día. La crisis se intensifica en un contexto donde la inflación y la desigualdad social son moneda corriente en el país.
En un país que se jacta de ser productor agrícola, el hambre es un síntoma de fallas estructurales profundas. La falta de acceso a alimentos no es solo un problema económico, sino también social y político. La pandemia de COVID-19 exacerba esta crisis, dejando a millones de familias en situaciones de vulnerabilidad que parecían inimaginables. Las políticas públicas que deberían abordar este tema han sido insuficientes y la respuesta del gobierno ha sido ampliamente criticada.
La realidad de los más vulnerables
La infancia es uno de los sectores más afectados por el hambre en el país. Cada vez es más común escuchar historias de niños en situación de calle o de familias que no tienen otra opción que recurrir a organizaciones benéficas para poder alimentarse. Este escenario nos obliga a reflexionar sobre la responsabilidad de todos como sociedad y la urgencia de establecer un plan de acción efectivo que garantice derechos básicos como la alimentación. Sin un compromiso firme, los datos sobre pobreza y hambre seguirán siendo desalentadores.
Las estadísticas sobre el consumo alimentario son igualmente impactantes. La calidad de la alimentación disminuye, y muchas familias se ven obligadas a priorizar la cantidad sobre la calidad. Esto se traduce en dietas pobres en nutrientes esenciales, lo que genera un círculo vicioso de desnutrición y enfermedades. La lucha contra el hambre requiere no solo de asistencia inmediata, sino de políticas de desarrollo a largo plazo.
El desafío de la política pública
A medida que nos adentramos en el año 2025, las promesas de los líderes políticos respecto a la erradicación del hambre se vuelven cada vez más urgentes. El estado debería implementar una estrategia integral que no solo contemple la provisión de alimentos, sino que también aborde las causas subyacentes de la pobreza y la desigualdad. Invertir en educación, salud y oportunidades de empleo es crucial para ofrecer un futuro digno a millones de argentinos que sufren en silencio. No podemos permitir que otro Día Mundial del Hambre pase sin un cambio significativo.











