15 abril, 2021

EDUCAST

Potenciando el conocimiento

Escuela, docentes y familias antes los cambios impuestos por la pandemia

Con la llegada de la pandemia, las escuelas, los docentes y las familias emprendieron un cambio insospechado. En vez de las escenas tradicionales en las aulas vemos madres y padres haciendo verdaderos malabares para sostener el vínculo con la educación. Los que tienen toda la tecnología en la casa y los que a través del celular hacen todo. Pero el punto vuelve a la pregunta que hacíamos cuando comenzaban las clases: ¿cómo podemos acompañar los adultos a los niños y niñas? 

Tal vez sea un momento para suspender las certezas de las que están dotados los “contenidos” escolares y lanzarnos a las experiencias de aprendizaje que nos permite la vida en aislamiento.  

La charla con Melina Furman parte de la idea de la educación como aventura en un camino del descubrimiento. 

Melina es doctora en Educación de Columbia University, investigadora del Conicet en Educación y coordina el curso de Innovadores Educativos del Cippec. Su libro “Guía para criar hijos curiosos” ya va por la quinta edición y además fundó “Expedición Ciencia” y “El mundo de las Ideas”, espacios de aprendizajes desde la sociedad civil.

—¿Cómo podemos hacer los padres y las madres para acompañar a los chicos y las chicas?

—Hay un montón para charlar sobre esto, pero por ahí para empezar, algo que para mí es muy importante es entender que la educación de los chicos, y ahí apunto especialmente a que desarrollen esas ganas de aprender, ese amor por el conocimiento, esa llamita interna de querer seguir aprendiendo toda la vida. Para eso, lo que haga la escuela por supuesto es importante, pero es aún más importante lo que hagamos en casa: cómo conversemos con ellos, cómo leamos, a qué jugamos con ellos, todo eso que podemos hacer para aprender juntos, para conectarnos desde nuestra propia curiosidad con lo que a ellos les pasa, les intriga, para tener experiencia de aprendizaje en la familia.

Yo creo que esos primeros pasos, de ir tejiendo ese vínculo del conocimiento se construye sobre todo en casa y por eso es tan importante estar cerca y tan lindo; como para pensar también en el aprendizaje como una instancia de disfrute familiar, cuando leemos y conversamos sobre los cuentos con los chicos, o cuando escribimos historias con ellos, o cuando jugamos a lo que sea por ahí, a los juegos de nuestra infancia o simplemente miramos la tarea juntos. 

Creo que todos esos son espacios de acompañamiento que son centrales para que los chicos puedan, después, seguir aprendiendo solos.

—Si abordamos “la educación como aventura”, esto supone algo desconocido. Es meterse en un camino que tal vez no conozcamos. ¿Este es un desafío también?

—Totalmente. Esa aventura del pensamiento, esa aventura de la exploración de ideas nuevas que nunca habíamos conocido, de cosas que nos amplían nuestro universo, que hacen que nuestro mundo sea más grande y que empiezan a posicionar al mundo como un lugar para aprender. Ese mundo, es un lugar de aprendizaje, en la medida que uno tenga esa llave guardada en el interior de uno y de los chicos, que siempre va a haber algo nuevo que aprender, algo para seguir aventurándose en este mundo tan apasionante.

—Es interesante pensar entonces que no es que los chicos empiezan a aprender recién cuando van a la escuela, sino que hay muchas oportunidades antes que tienen que ver con el entorno familiar y con esas experiencias más cotidianas.

—Sí, a veces sentimos que la gran decisión que tenemos que tomar la familia es a qué escuela los mandamos. Claro que es una decisión importante, pero aún más importante es eso que pasa en casa, de cómo nos vinculamos nosotros con el aprendizaje, con los chicos, qué hacemos cuando nos hacen una pregunta. Las preguntas son como una gran oportunidad para aventurarse en ese mundo como decíamos recién. 

Cuando los chicos nos preguntan algo podemos darle la respuesta directa o decir “no sé”, o mucho mejor, buscar juntos qué hay, qué se sabe de ese tema, qué más podemos aprender. Incluso, los temas de la escuela es una gran oportunidad para esto, un ejemplo muy “pavote”, cuando mis nenes venían de la escuela con las efemérides escolares; o sea, estudiando la Revolución de Mayo, que es algo que todos estudiamos un montón de veces y me arriesgaría a decir que la mayoría no lo comprendimos nunca en profundidad, eran una serie de nombres.

Bueno, empezar con ellos a tirar de la punta del ovillo: “¿Por qué fue la Revolución de Mayo? ¿Quiénes participaron?”. Cuando lo estaba viendo, estaba el dibujito Zamba, entonces mirábamos juntos, luego un documental que encontramos de Belgrano y después fuimos al museo acá en Buenos Aires, donde estaba la cama de San Martín y nos dimos cuenta de que San Martín era más bajito de lo que nos imaginábamos. Pero a la vez era alto para la época, entonces empezamos a conversar sobre por qué en esa época todos eran más bajitos que ahora.

—¿Una de las claves puede ser acercar estos contenidos a nuestra vida cotidiana?

—Sí, exacto. La gran clave es la traducción de esos contenidos escolares que están ahí, inertes, con poca vida, a lo que los chicos pueden entender y les importa; digamos, nuestra vida cotidiana, por qué tienen relevancia, y eso con cualquier tema. Una vez uno de mis nenes encontró una lombriz en el jardín de casa y entonces se le ocurrió preguntar “cómo hacen las lombrices para respirar abajo de la tierra”.

Fue un momento de esos que tenemos todo el tiempo los que estamos con los chicos, que es que se les ocurre algo y lo preguntan, y en los apurones uno en general no para la pelota para tratar de extender ese momento. Y lo que pasó en esa ocasión fue, justamente, que lo pudimos profundizar un poco más y me preguntaba “¿cómo hacen las lombrices para respirar debajo de la tierra?”. Entonces, nos pusimos a ver videos de lombrices y a leer un poco, y en un momento -yo tengo dos nenes mellizos- el otro mellizo pregunta “¿a qué velocidad van las lombrices?”, y vamos a googlear porque finalmente todo termina estando en Google y tenemos una gran oportunidad las familias de hoy, que es que tenemos una biblioteca del mundo al alcance de un clic y los videos, y lo que queramos explorar. Pero se nos ocurrió medirlo nosotros. Entonces, yo le dije, “bueno, vamos a medir: ¿cómo hacemos para medir la velocidad de una lombriz?”. Entonces, se nos ocurrió hacer una carrera de lombrices en la mesa de casa, pusimos el individual ahí como gran pista de carreras, teníamos un cronómetro y cada uno puso una lombriz a competir.

Fue divertido porque, obviamente, las lombrices hasta que se dignaron a ir para el mismo lado tardaron un buen rato. Pero la moraleja de todo esto es que cualquier excusa vale, cualquier tema vale en la medida que a ellos les intriga y a nosotros también y podamos extender ese momento juntos que termina siendo un espacio de juego y de conversación familiar.

—Y tal vez los grandes no perder esa vocación por la pregunta.

—Totalmente, mantener esa curiosidad nuestra que también está y a veces la tenemos medio dormida.

—Hay mucho escrito sobre educación, ¿qué nos puede decir la ciencia respecto a cómo aprendemos? ¿Qué sabemos de cómo aprendemos?

—Bueno, sabemos un montón de cosas que, de vuelta, creo son muy útiles tanto como para las familias, las mamás y los papás, como para los abuelos, tíos, para generar entornos de aprendizaje en casa, como para las escuelas. Una de las cosas que son más fundantes de esto es que aprendemos mejor en un entorno cognitivamente estimulante, con estímulos, con posibilidades de explorar, de equivocarnos sin que eso sea penalizado, de trabajar con otros en colaboración. 

Eso por un lado, pero también ese entorno tiene que ser afectivamente seguro ¿Qué quiere decir? Quiere decir que importamos a alguien que nos está mirando, que nuestra voz tiene valor para los demás. Como la gran base, las dos caras de un contexto que ayuda a aprender. Después también sabemos que para aprender necesitamos autoconfianza, sentir que podemos y que la autoconfianza se construye cuando nos van dando desafíos alcanzables; como cuando nos van dando cambios para ir construyendo en educación, se habla de andamiaje de los docentes poniendo andamios para que después los chicos puedan ir avanzando en su aprendizaje, que después esas ayudas se van a ir. 

También sabemos que hay un dato que para mí muy sensitivo, pero muy iluminador respecto de cómo aprendemos mejor y es que para poder seguir adelante, para tener persistencia, no abandonar y lo que en psicología se llama una mentalidad de crecimiento, necesitamos que desde chicos nos elogien no la inteligencia sino el esfuerzo; que no nos digan “sos re genio en Matemáticas, sos superinteligente” cuando hacemos algo bien, sino “qué bueno, cuánto trabajaste para lograrlo”. Porque lo que pasa cuando nos elogian la inteligencia es -y hay mucha investigación sobre esto- es que dejamos de elegir cosas que nos cuesten, dejamos de elegir cosas difíciles porque de algún modo tenemos el riesgo de perder nuestra autoestima, nuestra reputación.

Mucho del aprendizaje tiene que ver con sentirse seguro, de sentir que podemos, de sentir que nos valoran, y en ese sentido algo que no es nuevo, pero para mí es muy útil para seguir pensando en cómo dar clases es la idea de las Inteligencias Múltiples, es una idea de los años 80, que plantea que la inteligencia es un abanico de capacidades, de maneras de acercarse incluso al conocimiento, como la lógico-matemática y la verbal, que son las que tradicionalmente valoran en la escuela en los buenos alumnos. Pero también la espacial, la musical, la corporal, la interpersonal, que es la capacidad de hacer vínculos con otros; después está la intrapersonal que es la capacidad de mirarse hacia adentro. Son todas manifestaciones de inteligencia que hay que cultivar y que vale la pena cuando generamos actividades en casa o en la escuela, contemplar esa variedad de manera de acercarse al mundo.

—¿Por qué es importante pensar sobre nuestros pensamientos?

—Bueno, esa parte es superimportante y creo que una de las deudas más grandes que tenemos en la escuela, de cosas que se hacen menos y que estaría bueno hacer. Pensar sobre nuestro propio pensamiento técnicamente se llama metacognición, es pensar sobre cómo conocemos y es, por ejemplo, ante una tarea ver “bueno ¿cómo vamos?, ¿voy bien?, ¿estoy trabado?, ¿cuáles son mis fortalezas? ¿qué cosas entiendo?, ¿qué cosas todavía no entiendo?”. Cerrar la clase con actividades bien cortitas de qué te llevas de esta clase, que le contarías a un compañero que no vino.

Todos esos momentos de aterrizar lo que aprendimos, de darnos cuenta de qué estamos aprendiendo de nuevo, son claves para que ese aprendizaje no pase de largo, se afiancen, y es una estrategia que está superprobada el impacto que tiene cuando uno le dice a los chicos “bueno ¿cómo te diste cuenta?, ¿qué te fijaste para decir esto?”. Incluso en las conversaciones en familia y “¿cómo lo sabés?, ¿cómo se lo contarías a alguien que no lo sabe?”, estamos ayudándolos a que ese pensamiento se haga más fuerte y que sean cada vez más autónomos como aprendices; por eso es tan importante la metacognición.

—¿Y cuál es el espacio del ocio?

—Bueno, el ocio y el aprendizaje para mí no se dan de patada, todo lo contrario, ¿no? Uno puede tener ocio descansando, está muy bien y también tener ocio leyendo un libro de cuentos que le divierte. En primer lugar, me parece que no son una dicotomía, que parte del disfrute puede ser aprender, pero aprender por ahí no visto de un modo escolarizado de siempre aprendo algo, sino más bien como parte de la vida y también hay momentos de no aprendizaje que creo que como vos lo estás diciendo de descansar en otras cosas, donde no está uno haciendo algo educativo e incluso aburrirse. Hay mucho estudiado en relación a que aburrirse vale la pena para los chicos porque ahí despiertan un montón de ideas creativas que si uno está ocupado todo el tiempo no aparecen. Entonces, yo creo que es un balance, pero no pondría en la vereda de enfrente el ocio con el aprendizaje, sino todo lo contrario. Me parece que aprender es una manera de pasarla bien también.

—Yendo ahora al aula, ¿de qué hablamos cuando hablamos de desafíos educativos reales?

—Así denominamos a una cátedra que doy en la Universidad de San Andrés. “Desafíos educativos reales” busca grandes problemas de la educación que haya que resolver -si hacemos una lista tenemos montones- y estos futuros licenciados en educación trabajan en equipo durante un semestre para pensar maneras creativas de resolverlo, desde por ejemplo un grupo que está trabajando en “cómo generar una plataforma de aprendizaje para chicos con discapacidad” u otro para ver qué hacemos con las horas libres, qué hacemos con tantas horas libres que tienen los chicos sobre todo en el secundario porque no hay docente, faltó, un montón de cosas que pasan hoy que hacen que haya mucha oportunidad de aprendizaje perdida; otros están trabajando sobre “cómo vincular adultos mayores -abuelos y abuelas- que tienen el recorrido, la sabiduría y el tiempo, con los chicos de las escuelas, haciendo un poco de eco.

Hay un montón de programas hermosos como “Los abuelos cuentacuentos”, por ejemplo, que son paradigmas. La idea es formar a los futuros educadores con esta lógica de que hay que resolver los problemas de la educación con conocimiento, pero también con mucha creatividad.

Niños y niñas con curiosidades científicas

En el texto “Educar mentes curiosas”, Melina Furman afirma que hoy, gracias a la evidencia científica, sabemos que los niños, desde muy pequeños, ya tienen teorías intuitivas sobre el mundo que los rodea. “Se trata de representaciones estructuradas y causales sobre su entorno y muchas veces abstractas, similares en muchos sentidos a las teorías científicas, en tanto buscan dar cuenta de sus observaciones sobre la realidad de manera coherente”, explica la autora. 

El desafío para este tiempo de aislamiento, de niños en casa todo el día y por tiempo indefinido, es aprovechar cada emergente del hogar. A cada pregunta, otra pregunta. A cada emoción, un espacio para el diálogo.